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jueves, 21 de julio de 2016

Popocatépetl


Míralo, allá postrado. Con las piedras encaramadas en su carne, cargando un abrigo de lamentos y de imaginación malsana. Es lo que pasa con la tragedia no vista, uno tiene que inventarla. Se ensayan cientos de horribles escenarios, pues la pregunta ¿Cómo fue que sucedió? No se satisface. Las lóbregas suposiciones se caen de tu imaginación, como piel que se desgarra, hasta que la misma cabeza te obliga a descansar por breves instantes.
Ahí está, velando a su amada y arrepintiéndose de haberse marchado. El guerrero que llegó indemne de cien batallas para enterarse de que, ante todo, perdió la guerra. Qué le importaban las riquezas o el prestigio. La insignificante gloria.

Se dice que aún la mira y yo espero que no sea cierto. Que esa magia en específico no exista y que el pobre soldado haya podido descansar. Que se haya reunido con la mujer que, por cortesía, no llamamos muerta, sino dormida. El héroe que ayudó a su pueblo a seguir de pie, mientras él se condenó a una eternidad arrodillado.