Míralo, allá postrado. Con las piedras encaramadas
en su carne, cargando un abrigo de lamentos y de imaginación malsana. Es lo que
pasa con la tragedia no vista, uno tiene que inventarla. Se ensayan cientos de
horribles escenarios, pues la pregunta ¿Cómo fue que sucedió? No se satisface.
Las lóbregas suposiciones se caen de tu imaginación, como piel que se desgarra,
hasta que la misma cabeza te obliga a descansar por breves instantes.
Ahí está, velando a su amada y arrepintiéndose de
haberse marchado. El guerrero que llegó indemne de cien batallas para enterarse
de que, ante todo, perdió la guerra. Qué le importaban las riquezas o el
prestigio. La insignificante gloria.
Se dice que aún la mira y yo espero que no sea cierto.
Que esa magia en específico no exista y que el pobre soldado haya podido descansar.
Que se haya reunido con la mujer que, por cortesía, no llamamos muerta, sino dormida.
El héroe que ayudó a su pueblo a seguir de pie, mientras él se condenó a una
eternidad arrodillado.