Los diarios por mes:

miércoles, 13 de julio de 2016

Por unos zapatos

No me gusta comprar zapatos. Fui tan afortunado de niño, que mi pesadilla era precisamente esa: ir a comprar zapatos. Hay algo en sentarte, pedir el número de calzado (que siempre se me olvida), caminarlos para probarlos, que odio con odio jarocho. Los zapatos sólo son cómodos cuatro meses después de comprarlos, cuando ya es hora de comprar calzado nuevo otra vez. Una vez incluso, tuve unos tenis de tela que me duraron dos meses. Pero, por no ir de nuevo a la odiada zapatería, decidí usarlos hasta que sólo la suela sobrevivía y la poca tela desgarrada que quedaba, la usé para improvisarme unas horrorosas chanclas.


Como sea, hace poco tuve que enfrentarme a ese demonio de la infancia. Cambié de trabajo y en él me dijeron “Tienes que venir de zapatos”, yo sonreí pensando “Ay qué mal”. Ya qué le hago, tenía nada más un par que usaba para bodas, entrevistas, presentaciones, etc. Ahora había que tener de diario así que fui a una tienda cerca de mi casa y me compré un par azul, negro y café. Así cumplo con todo y dejo tiempo para no ir a comprar zapatos en un buen rato (espero).
En el vagón de metro, supongo que casi todos se dieron cuenta de los zapatos nuevos porque todos estaban pisándome. Pero la historia es acerca del par azul. Esos eran muy resbalosos, y cuando los compré estaba llueve y llueve. Tenía que caminar con sumo cuidado porque cada paso se convertía en una nueva oportunidad para romperme el hocico. Afuera de mi trabajo encontré a un señor con uno de esos puestecitos móviles en los que se bolean zapatos, él me dijo que reparaba calzado y le pedí que le pusiera antiderrapante a mis suelas. “Se los traigo mañana” y al otro día se me olvidó traerlos.  Así que al día siguiente, lo que hubiera sido pasado mañana, los llevé en una bolsita de plástico pero al buscar el puesto me encontré con la calle vacía. Al parecer el zapatero y yo no estábamos sincronizados. Ni modo. Fui a trabajar y a la salida resulta que el señor nunca se apareció así que ahora tenía dos pares de zapatos conmigo. Unos en los pies y unos en las manos.
Cuando llegué a la estación del metro Chabacano, noté que el tren se iba sin mí. Corrí a toda velocidad (que no es mucha pero pues sí me canso) y al llegar, la puerta se iba cerrando, yo ya no cabía así que frené, pero la inercia hizo que la bolsita penduleara y se metiera al metro sin mí. Me quedé afuera del vagón, sujetando las manijas de la bolsa de plástico, viendo mis zapatos nuevos y resbalosos, del otro lado, adentro del metro. Los pasajeros los veían y se reían de mí. El tren empezó a avanzar y la bolsa cedió sin mucha resistencia. Voltee a ver a la calle pero el tránsito me haría imposible el tomar un taxi y gritar: “¡Siga a  ese metro!”  Además de la limitante de que no tenía dinero.
Bueno, la verdad es que no se me ocurre una forma más tonta de perder unos zapatos. Ahora no usaré ropa que exija zapatos azules, pues no pienso ir a comprar otros hasta que sea absolutamente necesario. Espero que quien los haya encontrado les dé mucho y buen uso. Mi abuelita hubiera dicho que esos zapatos de veras querían abandonarme. Que tal vez el huir en el metro haya sido una especie de plan B, después de que su estratagema inicial hubiera fallado: el plan de irse con el zapatero del puesto móvil, que hasta la fecha no he vuelto a ver.