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martes, 6 de junio de 2017

La arena Isabel, sueño de mis sueños

Mis padres nunca me inventaron cuentos para evitar una conversación incómoda. No tengo recuerdos de haber creído en Santaclós o en los Reyes Magos, desde pequeño supe que los bebés no vienen de Francia sino de un lugar menos glamoroso, y la primera vez que fui a las luchas, mi padre me dijo que todo estaba planeado ya, que íbamos a ver la coreografía. Yo tendría como seis años cuando ésto pasó y nunca había escuchado la palabra coreografía afuera de la danza así que desde entonces siento que ir a las luchas es como ir a ver una especie de ballet en el que se puede gritar “Puto”.
En ese entonces yo vivía en Cuernavaca, y todavía existía la nostálgica Arena Isabel, sueño de mis sueños. A través de  los años vi cómo esa arena iba siendo consumida poco a poco por la senescencia, hasta que un día cerró. Tengo lindos recuerdos de ese lugar, una vez fui a ver al mítico Octagón, ese día escuché a una persona que vociferaba una bola de insultos que quise anotar de inmediato. Por supuesto que conocía todas las palabras que este hombre estaba pronunciando pero nunca se me había ocurrido hilarlas de esa forma.  Quise ver al dueño de esa voz aguardentosa con tanta elocuencia para la vulgaridad pero cuando me volteé, el señor no estaba diciendo nada. Fue por casualidad que viré mi cabeza y vi a una señora sentada, no, no sentada: desparramada en su silla. Mientras calculaba el número de personas que serían necesarias para levantarla escuché que gritó una bola de insultos y me di cuenta que era ella, no un señor, quien gritaba tan gloriosas imprecaciones. A partir de entonces y gracias a ella, encontré belleza en cualquier uso de la palabra, incluso el que mi madre me prohibía usar. Si no se ha muerto de diabetes, de un paro cardiaco o de alguna otra cosa, muchas gracias, señora.
En ese entonces la Chavela (nombre informal de la Arena Isabel) era gloriosa, se vendían muchas entradas y se llevaban a cabo peleas importantes. Recuerdo que mi tío, que era al que más le gustaban las luchas, era el que compraba las entradas para que fuéramos todos juntos y que, por pura casualidad (estoy seguro) siempre terminaba sentado al lado de donde bailaban y se paseaban las  edecanes.

Una vez invité a una amiga a última hora a ver la pelea de Sangre Azteca contra El Valiente. Dijo que sí y se subió a un taxi. Ahora, no quiero dar la impresión de que me la pasaba en ese lugar ni nada parecido, me divertía mucho en las luchas pero nunca seguí el deporte con tanto entusiasmo, así que no me vayan a preguntar nada. En fin, cuando mi amiga llegó al lugar, se despidió del taxista, que gritó algo ininteligible y siguió su camino. Ella me contó que al subir al carro le dijo que iba a la arena y el taxista resultó ser el señor más aficionado a las luchas en todo Cuernavaca. Estadísticas, fechas y todo y la informó acerca del combate que estábamos a punto de ver. En ese entonces la Chavela ya no era tan concurrida, estaba perdiendo brillo pero todavía no se veía enferma.
La última vez que fui, la arena había perdido su gloria. Todo lucía descuidado y cuando una de las edecanes dio su vuelta por el cuadrilátero levantando el letrero del número de caída, vimos que era una muchacha muy pasada de peso usando un bikini muy ceñido, caminando con disgusto y malencarada. Todo bien, no tengo nada en contra de su sobrepeso, quizás sí su andar de “Odio a todos”. Pero tengo un punto, en serio. Cuando uno es parte de una multitud, siempre puede escuchar el barullo general que hacen todos, y por más que uno grite, una sola voz se pierde en el mar de ruido, pero en algún momento todos se callan y una persona que esté atenta puede gritar y hacerse oír por todos claramente. Esta persona fue un niño (o una niña), todos nos callamos mientras la edecán daba su desfile con un caminar desganado, el niño gritó (con una voz sumamente aguda y tierna) a todo pulmón: “¡Gorda!” La risa estalló y hasta levantó algunas telarañas del suelo.
Esa última vez, la arena sí se veía mal. Como si la que hubiera luchado hubiera sido ella y hubiera perdido. El lugar estaba descuidado y casi vacío, los camarógrafos hacían maromas para sólo mostrar lo presentable del lugar y en general se veía como un lugar mal envejecido. Qué mal te trataron los años, Chavelita.


viernes, 12 de mayo de 2017

El ECOcasco


Después de un par de semanas de andar en ECObici (y tras mucha insistencia por parte de mi madre y de mi novia) me compré mi ECOcasco: Un ECOcasco es un casco común y corriente pero pienso que el término suena chistoso. La carencia del mismo ya no es mi problema, mi problema es que estamos en temporada de lluvias y de repente llueve muy feo. Julio Cortázar escribió “"Me basta mirarte para saber que con vos me voy a empapar el alma" y pues eso es lo que le recito a mi bici cuando empieza a llover.
Lo que me molesta no es mojarme, al cabo soy contra agua, lo preocupante es que parece ser que Tláloc (Tlali para los compas) hace que la gente que de por sí maneja mal, maneje peor.
Es feo cuando estás en la oficina y ves el cielo nublado, como si las mismas nubes estuvieran retándote, como si te dijeran: Atrévete a salirte, vulnerable Godínez. En ese momento aciago nunca falta un compañero que, sonriéndote sugiera: “Empieza a rezar”. Lo que me confunde: ¿Rezo para no caer en un bache? ¿Para que todos los automóviles hayan afinado frenos y conduzcan avispados?  ¿O de plano rezo para que no llueva?
Me pregunto si habrá un ritual milenario para lidiar con este problema, algo así como una danza de la lluvia pero a la inversa… La verdad es que entre dicha danza y la rezadera, prefiero la danza, al menos tiene una utilidad: te ayuda a estar en forma. Estamos de acuerdo en que nadie va a adelgazar por cerrar los ojos, juntar las manos y susurrar muy rápido, en cambio pararse y brincotear en círculos…
En fin, la lluvia y la clase de conductores que parecen salir de ella, como sapos de Tabasco, son la verdadera razón por la que me alegro de tener un casco. Aunque hay veces en las que no confío en que el casco me vaya a proteger de que me atropelle un tráiler así que tomo el metro, con todo y mi casco (porque la ECObici se deja en la estación, el casco no) y para tener las manos libres y sujetar el tubo del vagón, usualmente traigo el casco puesto y leo un libro. Además que suelo usar traje y corbata así que eso debe de explicar porqué todos se me quedan viendo raro.
Una vez una señora me dio una moneda.



miércoles, 3 de mayo de 2017

De fraseo y comunicación

El fraseo lo es todo. El modo de decir las cosas importa tanto que una simple letra puede cambiar el sentido completo del discurso. Hay que pensar bien en cómo se dicen las cosas porque esto de la comunicación afecta al que habla como al que escucha. Cuántas discusiones se podrían haber ahorrado en la historia de la humanidad, si el que habla pensara bien en lo que va a decir y el que escucha tuviera en cuenta la posibilidad de que el otro haya querido decir una cosa y dicho otra. Muchas veces las discusiones son un eterno. Además hay veces que no somos lo suficientemente específicos. Conozco personas que te van a decir que están al lado de tal lugar cuando realmente están como dos cuadras hacia el este, y ahí te tienen buscando en los edificios que están, efectivamente al lado. Cuando estás haciendo planes nunca falta el:


-El próximo jueves
-¿Mañana?
-No, dije el próximo jueves
-Mañana va a ser jueves, y está a unas cuantas horas, es el jueves más próximo que hay
-No, el otro


Ya si uno quiere molestar puede hacer referencia al hecho de que todos los jueves que no sean el día de mañana, son otro jueves. Pero eso ya es ir muy lejos.
En las primarias se nos enseña a leer, a escribir, un poco de dibujos, se nos enseña a leer signos básicos como un semáforo, el símbolo de veneno, en qué baño orina quién, cómo leer la hora, así como matemáticas básicas y cómo reprimir ciertas palabras que son consideradas groserías. Pero no se nos enseña a comunicar.  No he revisado el currículum de muchas escuelas como para estar seguro pero me basta con hablar con las personas por cualquier medio como para ver que ni ellos ni yo, estamos haciendo el menor esfuerzo por comunicar efectivamente, sólo estamos matando silencio y transportando información sin estar seguros de que el mensaje se transmite correctamente, o qué tan fácil es malinterpretarlo (porque eso sí, no importa qué tanto se esfuerce uno en que un mensaje sea claro y conciso, siempre habrá personas que tuerzan el significado, sea o no a propósito.)
Pero bueno, el punto es que le ponemos muy poca atención a comunicar realmente, a pasar el mensaje tal como nosotros lo pensamos, que se entienda, vaya. El lado chistoso del asunto es cuando la malinterpretación surge sin tanto esfuerzo, como el otro día que vi un letrero que decía “Se solicita personal ambos sexos”. Me pregunto cuántas personas cumplen con el requisito de hermafroditismo, y sobre todo ¿Cómo serán las entrevistas? “Buenos días, señorita, por favor enséñenos el p…”



martes, 25 de abril de 2017

La ECObici

Llevo un mes, aproximadamente, usando el servicio de las ECObicis y estoy muy contento. Para los que no sepan cómo funciona eso de la ECObici, es en realidad muy sencillo: uno paga cuatrocientos algo al año, llenas un par de papeles y te dan una credencial blanca. Uno de esos papeles es un examen de diagnóstico para probar tus conocimientos en cultura vial, en donde vienen preguntas como “¿Por qué no es conveniente conducir la bicicleta en el carril de alta velocidad en la carretera?” o “¿Es conveniente usar el caso cuando usas la bicicleta?” Al ver este tipo de preguntas casi estaba esperando encontrar una pregunta que dijeran “Arrollar a un peatón con la bici está mal  ¿Cierto o falso?” aunque esa pregunta no venía.


Volviendo al tema, la credencial, la pasas por uno de los lectores en alguna de las múltiples ECO estaciones (no sé si se llamen así) y ésta te asigna una bicicleta, tú la agarras y es tuya por cuarenta y cinco minutos para llevarla a donde tú quieras. Básicamente es prostitución de bicicletas. Como se paga con la tarjeta, ellos pueden multarte si te pasas de esos cuarenta y cinco minutos (lo aprendí a la mala).


En fin, soy un gran admirador de dicho servicio porque en general, mi trabajo consiste en estar sentado por ocho horas diarias, o más, dibujando o haciendo animaciones (o escribiendo esta columna, pero nadie me paga por esto último).  Lo que es cierto es que es un medio de transporte que me gusta, porque con la bici me ahorro muchos empujones y embotellamientos de personas en las estaciones del metro. Digo muchos porque mi trayecto al trabajo es un poco largo, entonces nomás con la bici, no llego. Pero me ayuda a eludir unas cuantas estaciones de metro y me ahorra el tomar una combi, que es una historia aparte.


Ahora que uso la bicicleta casi diario, trato de irme por calles que tienen un carril de bicicleta, porque las personas en esta ciudad son conocidas por muchas cosas, pero no por manejar bien o mesuradamente. A cada rato pasa que tengo que frenar porque un carro se pasó un alto y estuvo a punto de atropellarme, y no contento con la serie de eventos descrita, me pita y me grita por haberle estorbado en su felonía. La capacidad del conductor de culpar al prójimo por cualquier idiotez no acaba de sorprenderme.
-En general la capacidad de las personas para culpar a los otros de sus idioteces es infinita, pero el contexto aquí es el del conductor.-  Muchas veces he visto se le grita a una persona porque le estorbó a alguien que evidentemente tenía prisa. Este alguien se llega a frenar, y a gritarle cosas como “¿No estás viendo!” o “¡Imbécil!” o un glorioso etcétera, pero lo que no entiendo es lo siguiente:
Si un conductor va en su carro, se le hizo tarde, va a toda velocidad y alguien se le atraviesa, lo cual ocasiona que el conductor pise el pedal del freno y además de que se asuste (pobrecito, bebé) el peatón lo hizo perder valiosos segundos de su ocupada jornada laboral ¿A qué diablos se va el conductor a frenar,bajar la ventana y gritar, si ya se aclaró que tiene prisa? ¿No debería de tratar de recuperar los segundos perdidos al desatender al peatón que se atravesó? Tal vez si uno tiene la vaga esperanza de que el pedestre que lestorbó se detendrá después del grito de “¿Qué te pasa?” y se interrogará “Es cierto ¿Qué me pasa? Ese señor atrabiliario tiene toda la razón” y se ponga a cuestionar toda su vida: “Pobre hombre, qué desconsiderado he sido, evidentemente este respetable y zafio señor tenía toda la razón para pasarse esa luz roja. Estoy obligado a pedirle una disculpa”...
Si eso llegara a pasar, entiendo que las personas se detuvieran, bajaran la ventana y gritaran todo lo que su regalada gana les dictara. Pero seguramente el pedestre que se le atravesó verá que el semáforo estaba en rojo para el conductor, y que el conductor además de cometer un acto ilegal, casi se lleva al peatón entre las llantas, después que increpa al peatón, este último no va a tener muchas ganas de disculparse, creo yo.

En fin, andar en bicicleta es chido.




jueves, 6 de abril de 2017

Cosas que hacen que la gente colapse o "Crashee"

Cuando un programa de computadora deja de funcionar sin razón aparente, que se queda sin hacer nada y sale una ventanita que te dice que tu software ha colapsado (por así decirlo) se dice que “crasheó”. Porque así se dice en inglés y aquí se es anglófilo hasta la muerte.  A menudo un programa colapsa porque le das más instrucciones de las que puede ejecutar o tal vez hay una orden en particular que no puede procesar.
Por lo mismo me gusta mucho cuando ese término (colapsar o crashear) se usa para referirse a una persona que, dado a cualquier circunstancia, se queda con la boca abierta, viendo al infinito y con sus ojos trémulos como si hiciera cuentas en su cabeza. A los humanos nos pasa eso porque nos ponen una operación muy difícil, o porque nos rompen la rutina de una manera tan abrupta que es como si nos quitaran el piso de los pies. He aquí unos ejemplos:
¿Sin bolsa?
Una vez fui al supermercado y me llevé mi bolsita de tela. Cuando me formé en las cajas, noté que la señora estaba lista y entrenada para recibir los productos y de inmediato empacarlos en bolsas de plástico que después depositaba en el carrito de supermercado junto a ella para que los clientes salieran de la tienda lo más pronto posible. En este caso, estaba yo pagando, y como tenía mi bolsa de tela, volteé a ver a la señora y le dije “Sin bolsa está bien”. La señora me miró y miró las bolsas de plástico dobladas y distribuidas al lado de ella. No supo qué decir, no supo qué hacer. Sólo preguntó, como para cerciorarse de que escuchó bien “¿Sin bolsa?” Le respondí: “Así es” y ella quedó perpleja, con la mirada perdida. No dijo nada más y la pareja que estaba detrás de mí, cuando yo terminé de pagar, tuvo que despertarla de su ensoñación con un “Buenas tardes” y fue entonces que la señora de las bolsas de plástico volvió en sí y reanudó su labor de embolsar las cosas. Fue como si su mundo hubiera parpadeado. 


¿Un agua?
No confundir con cuando vas a un restaurante y pides un vaso de agua, y además de corregirte y decir “un vaso con agua” te traen una botella nada más para que tengas que pagar. A l o que me refiero en este caso es que un día fuimos a una de esas tiendas grandototas que venden todo en paquete, de esas en las que necesitas tener una credencial o membresía. Creo que ya saben a cuáles me refiero. En fin, una vez pasamos a comprar una pizza grande, por fin pasamos con la señorita que nos atendió y nos preguntó si queríamos refrescos. Como éramos un grupo grande pedimos varios vasos pero un amigo y yo pedimos agua natural. Parecía como si le hubiéramos puesto en la encrucijada de su vida, la pobre señorita no sabía qué hacer. Apenas pudo articular: “Casi no nos piden eso”. Me la imaginé teniendo que llamar a su gerente, y después al gerente preguntándonos si era ésta una broma… 



Fue sumamente chistoso pero tardaron mucho en traernos nuestra pizza. Además tuvimos que comprar el agua en otro lado.

miércoles, 22 de febrero de 2017

De un sarcástico a otro

Aquí se sobre valora la inteligencia (aunque muchas personas que dicen valorar la inteligencia realmente la confunden con la malicia y he ahí lo interesante). Vivimos en un lugar donde el aprovechado es catalogado de listo y que el pisoteado es reputado de tonto, y uno de los mecanismos más efectivos para andamiar esta estructura es el sarcasmo.
Si existe un sistema canónico y homologador, es este último. Básicamente funciona de este modo: “Si tú no piensas tan rápido como yo, si tienes menor conocimiento en un área que yo, entonces eres tonto y haré que lo noten todos a nuestro alrededor.”
Si se practica las suficientes veces, podemos intimidar al interlocutor al punto de que no quiera hacer ninguna pregunta por miedo a parecer tonto o iletrado, existe la afirmación “A preguntas estúpidas, respuestas sarcásticas”.


Ahora, esto es algo que se tiene que tener en cuenta, y con esto último no quiero decir que estoy en contra del sarcasmo ni mucho menos, de hecho todo lo contrario. En mi vida, el sarcasmo es como el café: no he pasado un día sin él desde que supe de su existencia. Pero creo que es un recurso poderoso que puede terminar en actitudes repelentes y consideraría una actitud irresponsable el no mencionarlo, porque tampoco hay que olvidar que el sarcasmo es una actividad que se considera agresiva. Incluso si se digna usted a buscarlo en el diccionario de la Real Academia, encontrará que se define como “Burla sangrienta, ironía mordaz y cruel con que se ofende  o maltrata a alguien o algo” … suena muy severo, ahora que lo leo en voz alta.


Habiendo puesto los puntos sobre las íes (creo), se entiende entonces que el sarcasmo sea tan popular, debido a la sobrevaloración que le damos a la inteligencia, muchas personas corren presurosas a ponerse la etiqueta de sarcásticos. Lo que no hay que olvidar es que el sarcasmo es una actividad que requiere de mucho estudio y de apreciación, y que, como todo lo agresivo, es un oficio arriesgado.
Por ejemplo, hay veces que enuncias algo sarcásticamente, pocas personas lo entienden y quedas como un idiota. También hay veces que tu sarcasmo es muy idiota y quedas como un idiota. En el peor de los casos, terminas siendo sarcástico y genuinamente ofendiendo a alguien que no tiene perro en la carrera, y esta última es la que nos debería preocupar más.
Los que somos sarcásticos, normalmente somos muy orgullosos, por lo mismo, sarcastiqueamos a alguien y defendemos el acto diciendo cosas como que son ellos los que tienen que apretar el paso, que si no fueron a la primaria, que era muy obvio que esa pregunta era tonta, etcétera. Dejándonos contentos a nosotros mismos, cuando deberíamos tratar el acto como una agresión, y como tal, deberíamos practicarlo sólo con los que estén de acuerdo.
Por ejemplo: mi primo es un hábil peleador de Muay Thai, - no conozco mucho esta disciplina pero sé que los practicantes de la misma pueden golpearte con precisión aterradora usando puños, codos, rodillas y pies -  a él le encanta y siente una pasión genuina. Es bueno en ello, y no le importa recibir golpes en una pelea, porque él puede darlos con igual o mayor habilidad.
Si mi primo llegara un día a golpearme no le costaría ningún trabajo, sin embargo encontraríamos ridículo un argumento como “A preguntas estúpidas, un rodillazo en la cara”. Del mismo modo, no debería enorgullecernos el responder sarcásticamente a alguien que no gusta del sarcasmo. Es bravuconería intelectual. Pero bravuconería al fin.
Por lo mismo creo debemos ser sarcásticos, pero debemos hacerlo en grupos donde la gente esté de acuerdo con ello. Si alguien nos dice que no le gusta el sarcasmo, respetarlo y no ser burlones con ellos. Estoy consciente de que escribirlo es mucho más fácil que hacerlo, es el equivalente a: tengo que dejar de comer en exceso… pero ser sarcástico sólo con los sarcásticos tiene sentido. Así como practicar artes marciales con otro practicante, tiene sentido, así el nivel de los sarcasmos mejorará incluso, y no andaremos perdiendo amistades sólo porque no piensan del mismo modo que nosotros.
Si nuestro parámetro para formar una amistad es que esta persona sea hábil en las artes sarcásticas, bueno, ya es otra cosa, pero si queremos nada más andar burlándonos de todo el mundo, que no nos sorprenda si un día nos rompen la cara y después lo etiquetan como “sarcasmo físico”.




jueves, 16 de febrero de 2017

Dualidad

Hay un concepto importante: para los aztecas, un téotl no es un dios. Por analogía a lo que ya conocemos, tendemos a decir que Tláloc es el dios de la lluvia -por ejemplo- cuando en realidad Tláloc es la lluvia. Es una diferencia importante, puesto que esto los hace mucho más activos y arriesgados (dicho sea de paso) que una deidad que orquesta los fenómenos naturales desde su trono intocable.
Pero imaginar la personificación de la lluvia es relativamente fácil, es un concepto tangible. El ejercicio se dificulta cuando hablamos de conceptos abstractos y más complejos, a los que es difícil ponerles una imagen definitiva, digamos: Huitzilopochtli, que es la guerra. Por eso es que es confuso cuando uno lee las historias, pero también nos lleva a sacar conclusiones con respecto a lo que ellos entendían del mundo y de su propia gente. Por ejemplo, una de las deidades más importantes es Ometéotl, que es la dualidad. Esta figura me parece que es testimonio de una gran capacidad de análisis. Pico de la Mirándola alguna vez dijo que los hombres tenemos el poder de la auto transformación, porque bien podíamos codearnos con los dioses, o bien revolcarnos en el lodo con las más inmundas bestias. Esto es, por supuesto, parafraseando. Pero creo que el poner como una deidad capital a la dualidad es un enorme acierto, sobre todo porque soy un usuario frecuente del transporte público. Por ejemplo:
Esta mañana estaba esperando a que llegara el vagón de metro. En el momento en que llegó, atravesé la puerta, y una señora pasó corriendo y con todo el poder que le proporcionaban cien kilos (a ojo de buen cubero) empaquetados en una estatura de metro veinte (ídem), se precipitó empujándome hacia un lado, para ganar un asiento. Entiendo que el transporte público normalmente está repleto de gente que no le va a ceder su asiento a una anciana, o a alguien en muletas, y que  a veces uno tiene que poner una actitud asertiva que lidia con la agresividad. Pero en este caso había como dos personas sentadas y por ende, muchos asientos libres. Además que había espacio de sobra en la puerta para que la señora pasara caminando sin siquiera rozar conmigo. Pero siento que ella tenía costumbre de taclear a quien se le pusiera en frente y que no habría modo de disuadirla de atacar a un objetivo próximo, con ese exceso de  humanidad comprimida con la que contaba.
Hasta aquí el asunto, por lo mismo que la señora me empujó, no quiso verme a la cara por el resto del viaje. Curiosamente, nos bajamos del metro en la misma estación y yo me fui a tomar la combi para llegar al trabajo. Estaba sentado y tratando de no quedarme dormido cuando la señora se subió a la misma combi donde yo estaba, lo hizo casi con delicadeza, despacio y saludando a todos con un cortés “Buenos días”. Esa misma señora que me había empujado sin importarle nada en un espacio grande, ahora, en un espacio reducido, se conducía con toda la educación de la que era capaz. Me miró y me dirigió una afable sonrisa (Obviamente sin haberme reconocido), lo único que había cambiado es que, esta vez no había vagones para escabullirse, esta vez ella no podía evitar verme a los ojos, como a los demás pasajeros.
En fin, de vuelta al inicio de este texto, acerca de la dualidad del hombre me podría extender y no me alcanzaría ni mi léxico ni mi capacidad de hilar palabras. En conclusión, examinar las deidades que tienen otras culturas (o nuestra cultura) nos dicen lo que valoran, lo que temen, y sobre todo cómo entienden el mundo. Además, que muchas personas no son corteses contigo hasta que tienes una cara. 





martes, 15 de noviembre de 2016

El mueble

Necesito un librero. En el departamento hay un montón de libros y de cuadernos ahí rodando y necesitan una casita, así que fui a una de esas tiendas grandes en las que el mayor negocio es vender a crédito. No sé si pueda decir el nombre de la tienda pero puedo contar que comparte nombre con la hija de Agamemnon. Me llama mucho la atención lo difícil que es encontrar el precio real de las cosas en esos lugares. Los productos ostentan un letrero impreso que dice precios baratísimos para lo que son: televisiones a 200 pesos, teclados de computadora a 30, etcétera. Cuando te acercas a dicha etiqueta, te das cuenta que es ese precio (que viene en una tipografía grande, clara y hasta en negritas) es el precio de las mensualidades que tienes que pagar hasta quién sabe cuándo.
Como no soy una persona disciplinada, decidí pagar el mueble en una sola exhibición. Por supuesto que el señor vendedor me insistió que era más barato endeudarme y que así pagaría diez pesitos (usó la palabra pesitos, tal vez para que sonara más barato, como si diez pesitos fueran menos que diez pesos) durante tantas semanas y terminaría pagando 300 pesos (aquí sí usó la palabra pesos) menos. En fin, lo pagué de contado y esperé a que me llevaran el mueble. Llegó esa misma noche, justo antes de que yo saliera a encontrar a unos amigos. Lo trajeron envuelto en mil cosas y me parecía que estaba viendo un tamal hecho con cinta adhesiva y cartones viejos. Como se me hacía tarde, dejé el tamal como llegó, no tenía prisa en abrirlo, regresé tarde y al otro día tenía que trabajar así que no desenvolví el paquete. Al otro día después del trabajo volví tarde a casa y decidí usar el mueble que recién había comprado. Venía roto.
Me enojé mucho y marqué al número que venía en el recibo de compra. Una señorita contestó, dije: “Buenas noches” y mi interlocutora ni se inmutó de mi saludo y siguió diciendo “El número que usted marcó no existe, favor de verificarlo.” Me enojé más. Pero ya era tarde así que guardé mi enojo, tomé un par de fotos al mueble y anoté el número de la procuraduría del consumidor. Al otro día salí más temprano del trabajo y caminé hacia la tienda. A cada paso iba redactando y re-redactando lo que le iba a decir al señor vendedor. Pensé que no sería bueno empezar gritándole y que era cosa de ir elevando la voz con cada intercambio de frases. Me preguntaba cuál sería el mejor momento para decir algo como “No se preocupe, le hablamos a la procuraduría y vemos qué sigue”. Llegué a la tienda y me encontré con el mismo señor vendedor con quien compré el mueble. El señor vendedor resultó ser el señor vendedor/gerente así que le dije que el librero venía roto. Me respondió con un elocuentísimo: Ah.

-Bueno entonces ¿Me lo va a cambiar o me va a devolver mi dinero? - pregunté y esperé su respuesta con impaciencia. En mi mente se agolpaban las opciones, pensaba en las palabras que saldrían de su cara. ¿Me va a decir que ya ni modo? ¿Cómo sé que no lo rompió usted? ¿Me va a decir que me puede dar crédito para comprar en su tienda? ¿Que no me da mi dinero ni nada porque lo que sea?
Después de un momento me dijo: “Como usted prefiera”. Lo miré con aún más enojo y con mucha incredulidad. De veras no esperaba esa respuesta. Como no tenía ni la menor intención de comprar un librero otra vez, le dije que aceptaba un cambio. Que me fueran a entregar el mueble al otro día. También le dije que el número impreso en el recibo no funcionaba y que me diera otro teléfono al cual pudiera marcar.
Al día siguiente esperé a que llegaran y no lo hicieron. Llamé al teléfono y no me contestaron. Eso fue el miércoles. Al otro día me llamaron de un teléfono que yo no tenía agregado. Me dijo mi interlocutor que no habían podido ir al día anterior porque el señor que les presta el diablito, con el que se disponían entregar el mueble, no había ido. Pero que hoy sin falta. Ese día les hablé a las cinco para confirmar. Todo iba bien y a la hora acordada nomás no llegaron. Marqué al número del señor vendedor/gerente y no contestó. Marqué al otro número que no tenía agregado y tampoco me contestaron. Marqué muchas veces. Decidí no ir porque estaba cansado. Darles el viernes de plazo.  El viernes esperé y tampoco llegaron así que fui a la tienda y los vi usando las televisiones, de las que venden y cuestan como 20 pesos semanales, para ver el juego de fut. Me acerqué al señor vendedor/gerente/aficionado del fut y ni me volteó a ver. Uno de sus trabajadores (asumo que fue él quien me habló en días anteriores)  se levantó muy atento y me dijo: “Híjole perdón, el chavo del diablito no vino”.  Le respondí que no se preocupara. Me dirigí al gerente:
-Oiga quiero mi dinero de vuelta
-Está bien - Dijo el señor después de voltear la cara, no parecía molesto de que le interrumpiera el juego ni de que tuviera que hacer una devolución y continuó: -pero en ese caso tiene que traer usted el mueble
-Pus a ver si llega el del diablito, buenas noches.
Llegué a mi casa para recordar que no tengo un diablito así que telefoneé a mi amigo Marcelo:
-Marcelo, necesito que me ayudes a llevar un mueble a la tienda, por favor
-Claro que sí.
Marcelo es la onda, no sólo vino con su carro y me ayudó a transportar el mueble a la tienda, sino que me ayudó a cargarlo al coche, a bajarlo, a dejarlo en la puerta principal, estorbando a todos (decisión tomada a conciencia, claro está), y además venía listo para hacer un escándalo, de ser necesario.
Al final, el señor vendedor/gerente/fanático de fut/cara de no me importa nada en la vida, me devolvió el dinero y siguió ahí tan indiferente como al principio. Nos fuimos de la tienda como si nada. Pero podía ver que también Marcelo se sentía frustrado, pues como yo, tenía algo de ganas de llegar como una ola de asertividad y de arremeter contra toda resistencia con tal de que nos devolvieran el dinero. Pero no hubo tal, al señor vendedor… etc. no le sorprendió para nada que el librero viniera roto y me parece que hubiera seguido ecuánime si yo hubiera venido a decirle que el mueble contenía una familia de tlacuaches muertos.

En fin, necesito un librero.




miércoles, 9 de noviembre de 2016

Sobre escribir

Si uno escribe, lo que hace es realmente verter los pensamientos, ver cómo se distribuyen sobre la superficie elegida, esperar a que se acomoden y después darles un acabado artesanal. Dejarlos en una disposición lo suficientemente clara y lo más bella que sea posible. Se ha de tener mucho cuidado, hay pensamientos sumamente bellos que se expresan de una manera torpe, y la ejecución del texto no le hace su debida justicia. Por otra parte, hay también pensamientos que se podrían llamar triviales, pero que son fraseados de una manera tan maravillosa que nos atrapan y embelesan instantáneamente.
Hablando del mero hecho de escribir, sin importar si el trabajo ha sido brillante o no, hay una expresión en inglés que encuentro particularmente adecuada: To pen. Cuando uno escribe un texto, puede decir que lo “plumeó”, aunque tal vez más acertado sea decir que lo “boligrafeó”. Normalmente se usa para decir que escribiste algo digno de ser leído, y pese a que hoy en día muchos soltamos las palabras en la computadora, el término se sigue usando y por lo mismo propongo boligrafear como traducción adecuada… plumear no nos remite inmediatamente a un contexto literario. La palabra pluma puede referirse a las formaciones córneas con las que está cubierto el cuerpo de las aves. Además hay otra acepción, nada halagadora, de la palabra pluma. También pienso que está demasiado cerca de la palabra “plomear” y  me recuerda a una canción para aprender francés que dice “Alouette, je te plumerai”. Muchos pueden decir que el término boligrafear tal vez no incluye a las plumas fuente, pero tampoco incluye a la máquina de escribir, al teclado del celular, los lápices, crayones y muchísimos etcéteras. Así que: yo boligrafeo, tú boligrafeas, vosotros boligrafeaís...
En fin, el que escribe está en el negocio de compartir sus pensamientos. Requirió una cantidad importante de esfuerzo y prehistoria, hasta que ahora, arrojar trazos repletos de significantes es una actividad que se ha vuelto esencial en la experiencia del ser humano. Mi tía jamás aprendió a leer español (lo digo así porque se ganaba la vida leyendo la fortuna con la baraja, dicho de otro modo leía las cartas que no se mandan por correo) pero en algún momento tuvo un pequeño negocio de venta de ropa vieja así que se vio obligada a aprender ciertas palabras y, claro, los números.
Las letras son parte de la vida cotidiana, tanto que perdemos conciencia de qué tan seguido las vemos. Especialmente hoy, con las redes sociales, se pone de manifiesto cuánto las consumimos, ahora en vez de llamar, preferimos mandarnos mensajes de texto.
Todos tenemos la necesidad de escribir de vez en cuando. El hecho es que pensamos en lenguaje, y lo trasvasamos en palabras que van a dar a alguna plataforma para ser vistos, ya sea para quejarnos del tránsito, de las elecciones de Estados Unidos, las propias, para contarnos chistes, escribir un relato, un ensayo, una novela.
Hay gente que tiene la disciplina de escribir diario, como los deportistas que entrenan de lunes a lunes. Recuerdo una entrevista en la que Eduardo Galeano decía que su perrito Morgan lo iba a levantar de la silla en días que llevaba más de doce horas escribiendo. Bukowski boligrafeó: “These words I write, keep me from total madness”, “estas palabras que escribo me alejan de la locura total”, pero bueno, yo qué sé. De todas formas las palabras de Bukowski las cité de un portavasos donde se posa mi café. Más que posarse sobre él se alza como un rey en un trono.




martes, 20 de septiembre de 2016

Pesca de cumplidos

Hasta hoy creo que la cortesía es a veces un estorbo para la comunicación. Estoy consciente de que eso no tiene que ser necesariamente verdad, hay momentos para ser firme y otros para dejar las cosas pasar, y tal vez esta concepción mía reside en lo difícil que me es el distinguir claramente una situación de otra. En especial uno va a luchar toda la vida por eso y también por hallar el equilibrio. Me gustaría ser de esos caballeros que tienen el adjetivo inseparable de cortés, o de educado (sorprendente también me parece que las personas confundan estos dos conceptos con tanta frecuencia). La verdad es que a mí eso no me sale. Nunca he sido bueno para saber cuándo hablar y cuándo quedarme callado, y esa habilidad puede ahorrarle a uno muchas vergüenzas.


Desde hace unos años, tengo la firme convicción de que, lo que llamamos educación, tiene mucho que ver con adivinar lo que el otro quiere escuchar. Algo así como leer la mente. Sobre todo cuando las personas se ningunean esperando a que uno los contradiga y responda con un halago. En inglés se le llama “pescar cumplidos” y me alegra que la expresión pase de un idioma al otro y siga casi indemne, pues me parece de lo más atinada. Echar el anzuelo a la mar y a ver quién sale con su respuesta. En este caso los peces salen regurgitando halagos que pueden ser encantadores o ya de plano exageraciones. Todos en algún punto hemos pescado cumplidos y la mayor parte del tiempo es incómodamente obvio. Hemos escuchado a alguien decir “Es que subí de peso” y de inmediato alguien va a arremeter: “Claro que no, mira qué bien te ves”. A veces ahí muere el asunto pero hay gente que le sigue: “Pero es que tú no sabes, mis pantalones ya no cierran”.


Lo que he notado es que la pesca de cumplidos puede ser una actividad que deja contentas a dos personas. Me explico, el otro día vi a unas muchachas platicar y una de ellas dijo que los lentes no le gustaban. No le gustaba su rostro con ellos, parecían intrusos. Inmediatamente su interlocutora le dijo lo bien que se veía, pero luego siguió:
-Además, si tus lentes no te gustan, puedes cambiarlos cuando quieras. En cambio yo, tengo esta panzota que no me deja usar pantalones como los tuyos.

La conversación siguió y siguió porque una no dejaba de buscarse defectos para que la otra la halagara. A mí me pareció que ambas tenían razón: a una los lentes no le favorecían para nada y a la otra más le valdría comer más sano porque se me hace que cuando va al cine, se sienta al lado de todos.




miércoles, 13 de julio de 2016

Por unos zapatos

No me gusta comprar zapatos. Fui tan afortunado de niño, que mi pesadilla era precisamente esa: ir a comprar zapatos. Hay algo en sentarte, pedir el número de calzado (que siempre se me olvida), caminarlos para probarlos, que odio con odio jarocho. Los zapatos sólo son cómodos cuatro meses después de comprarlos, cuando ya es hora de comprar calzado nuevo otra vez. Una vez incluso, tuve unos tenis de tela que me duraron dos meses. Pero, por no ir de nuevo a la odiada zapatería, decidí usarlos hasta que sólo la suela sobrevivía y la poca tela desgarrada que quedaba, la usé para improvisarme unas horrorosas chanclas.


Como sea, hace poco tuve que enfrentarme a ese demonio de la infancia. Cambié de trabajo y en él me dijeron “Tienes que venir de zapatos”, yo sonreí pensando “Ay qué mal”. Ya qué le hago, tenía nada más un par que usaba para bodas, entrevistas, presentaciones, etc. Ahora había que tener de diario así que fui a una tienda cerca de mi casa y me compré un par azul, negro y café. Así cumplo con todo y dejo tiempo para no ir a comprar zapatos en un buen rato (espero).
En el vagón de metro, supongo que casi todos se dieron cuenta de los zapatos nuevos porque todos estaban pisándome. Pero la historia es acerca del par azul. Esos eran muy resbalosos, y cuando los compré estaba llueve y llueve. Tenía que caminar con sumo cuidado porque cada paso se convertía en una nueva oportunidad para romperme el hocico. Afuera de mi trabajo encontré a un señor con uno de esos puestecitos móviles en los que se bolean zapatos, él me dijo que reparaba calzado y le pedí que le pusiera antiderrapante a mis suelas. “Se los traigo mañana” y al otro día se me olvidó traerlos.  Así que al día siguiente, lo que hubiera sido pasado mañana, los llevé en una bolsita de plástico pero al buscar el puesto me encontré con la calle vacía. Al parecer el zapatero y yo no estábamos sincronizados. Ni modo. Fui a trabajar y a la salida resulta que el señor nunca se apareció así que ahora tenía dos pares de zapatos conmigo. Unos en los pies y unos en las manos.
Cuando llegué a la estación del metro Chabacano, noté que el tren se iba sin mí. Corrí a toda velocidad (que no es mucha pero pues sí me canso) y al llegar, la puerta se iba cerrando, yo ya no cabía así que frené, pero la inercia hizo que la bolsita penduleara y se metiera al metro sin mí. Me quedé afuera del vagón, sujetando las manijas de la bolsa de plástico, viendo mis zapatos nuevos y resbalosos, del otro lado, adentro del metro. Los pasajeros los veían y se reían de mí. El tren empezó a avanzar y la bolsa cedió sin mucha resistencia. Voltee a ver a la calle pero el tránsito me haría imposible el tomar un taxi y gritar: “¡Siga a  ese metro!”  Además de la limitante de que no tenía dinero.
Bueno, la verdad es que no se me ocurre una forma más tonta de perder unos zapatos. Ahora no usaré ropa que exija zapatos azules, pues no pienso ir a comprar otros hasta que sea absolutamente necesario. Espero que quien los haya encontrado les dé mucho y buen uso. Mi abuelita hubiera dicho que esos zapatos de veras querían abandonarme. Que tal vez el huir en el metro haya sido una especie de plan B, después de que su estratagema inicial hubiera fallado: el plan de irse con el zapatero del puesto móvil, que hasta la fecha no he vuelto a ver.