Por mucho que nos gusten, los eufemismos obstaculizan a la comunicación. Me los imagino como paredes del discurso que nos pueden ayudar a saltar más allá de una situación incómoda, pero también pueden ser como trabas para solapar algo más importante. Quiero pensar que los eufemismos empezaron con buenas intenciones: no le quieres decir a la tía Marta que su dieta imaginaria no está dando resultados, el primer dibujo de tu hijo no demuestra promesas artísticas, esta entrada está muy mal escrita, etc. Pero alguien ha de haber encontrado el potencial dañino de este recurso, el de engañar o desinformar a la gente: El tipo de persona que te dice que te darán un salario simbólico para no decirte que te van a dar una miseria (cuando se les ocurra pagarte), o los que llaman "optimización de recursos humanos" a hacer un "recorte de personal" que no quieren decir: "Vamos a despedir a medio mundo y háganle como quieran". De este modo se usa una máscara para asaltar un banco.
La palabra eufemismo viene de "bien decir" y según me enseñaron, era una forma de evitar una grosería o una palabra que amerita censura. De ahí que la gente grite cosas como "caray", "chincheros", "no manches". Hasta ahí no hay ningún daño, no vas a andar gritando improperios en medio de una junta o al lado de un niño. Sin embargo también me enseñaron que una grosería es una falta de respeto,de ahí que mucha gente entienda "algo que ofende a alguien" y ahí sí ya bailó Berta, (ja... ja) y es que no he conocido nada más afinado en la naturaleza humana, que la capacidad para ofenderse. Basta con decir algo para que alguien más encuentre en ello un insulto escondido hacia él, su madre, su prima Conchita, o incluso alguien que les desagrada en primer lugar pero el objetivo es ofenderse. Las conversaciones a menudo son como caminar en un campo minado, no sabes en qué momento vas a hacer que alguien se levante de la mesa y puntualice lo inapropiado que encuentra tu comentario. Esto puede parecer trivial pero es apenas el aleteo de la mariposa. Anteponer la cortesía a la claridad, además de que nos resta franqueza, a menudo resta importancia a los problemas que deberían solucionarse lo antes posible. Supongo que ese es otro peligro de los eufemismos: es una sábana verbal que pones sobre los problemas que no quieres afrontar.
Como ejemplo podríamos decir que no nos gusta la palabra alcohólico. Inmediatamente nos trae la idea del señor golpeadordesposas, gastafortunas, malpadre, sórdido hijo de la botella. Por lo mismo, decir que alguien es alcohólico se considera un insulto ¿Qué se hace? cambiar el término por uno más estéril, como decir “tiene problemas con el alcohol”, luego, en el entendimiento general, son sinónimos. Ahora, que yo entienda, tener problemas con el alcohol no te hace alcohólico.
Puede un hombre (persona A) llegar a decirle su amigo (persona B): “oye creo que tienes problemas con el alcohol, ya bájale” con toda la intención de evitar que llegue a padecer el temido alcoholismo. Persona B tiene en su mente el “tienes problemas con el alcohol” como un “Eres un alcohólico” e inmediatamente vienen a su mente los conceptos previamente mencionados. Lo más probable es que Persona B se ofenda y ponga todo tipo de argumentos en una barricada a su favor para decir que no es cierto, que alcohólicos son los que terminan tirados en la banqueta y él lo hizo sólo una vez, que cómo se atreve Persona A a ponerlo bajo ese concepto, etcétera. De este modo, puede incluso correr a persona A de su casa, ir a abrir una cerveza para olvidarse del asunto, más ofendido que cambiado.
Lo que me recuerda cuando mi madre solía decir que yo no estaba gordo, que era pura grasa prepuberal. Yo acaté este eufemismo para defenderme y poder comer con soltura. Cuál fue mi sorpresa al pasar la pubertad y descubrir que la grasa que cargaba era prepuberal en un quince por ciento, a lo mucho.
Pero bueno, el caso es que los eufemismos son una herramienta que no sería necesaria si todos tuviéramos el valor para recibir la franqueza -yo no lo tengo-, que podríamos poner esa energía de análisis, que hacemos para no ofender al prójimo, en analizarnos a nosotros mismos. Yo qué sé. A lo mejor y sigo resentido porque aún hoy no me he librado de la grasa que llamaba pre puberal.