Fui a la florería. Era atendida por una señora y al lado de ella estaba una niña -que era su hija o su sobrina, o su bisnieta, o una extraña, yo qué sé- que liaba unas ramitas muy escrupulosamente. La señora me sonrió y dijo, muy orgullosa: “mi ayudanta”. Seguramente alguna expresión se escapó de mi cara pero es que eso de terminar con la letra “a” algo que termina con una “e” se me hace muy forzado. Amén de abrir cada discurso político con “ciudadanos y ciudadanas”, como si no hubiera un género no marcado en Español, o incluso el adaptar los oficios que terminan con la letra “o” pero ¿La “e”? ¿De veras! Digo, está bien que en el Español tenemos géneros gramaticales pero eso ya es tener los ojos más grandes que el estómago. Se me hace un eufemismo gramatical de lo más absurdo y el que me molesta particularmente es el término “presidenta”.
La última vez que revisé -que fue hoy, escribiendo esta entrada- el diccionario define presidente como: “persona que preside un Gobierno, consejo, tribunal, junta, sociedad, acto, etc.” Que yo sepa, una persona puede ser hombre o mujer indistintamente… en todo caso, vamos a enojarnos todos los hombres y que de hoy en adelante se diga “persono” cuando se trate de un hombre ¿no?
Es todavía peor cuando se hace en una campaña política. “Tal señora para presidenta” en cuyo caso supongo que ella decía que iba a ser excelenta, como cuando era adolescenta. Muy decenta, desde que era infanta, desde bebá es más. Quién no va a confiar en una dirigenta como ella.
¿Ese último párrafo suena ridículo? Exacto.
La cosa es que forzar este tipo de cambios sin sustento en el idioma suenan más a maquillaje que a tratar de resolver el problema del sexismo. Como andar diciéndole a todos que estás a dieta sólo porque ahora tomas coca zero... de un litro... dos veces al día... además que te escabulles para comerte unas garnachas. Como en el ejemplo anterior, un cambio verdadero se nota. Cuando el machismo vaya menguando, se va a hacer evidente cuando dejemos de escuchar a señores conduciendo, pitando y gritando: “¡Tenías que ser vieja!”, o cuando las niñas sean educadas para ser independientes, tener su trabajo y pagar sus propias cosas, y que no aspiren a que el marido las mantenga. Cosas como no enorgullecerte cuando tu hijo te dice que tiene dos novias y cuatro “queridas” y que ninguna lo sabe, mientras que no dejas a tu hija tener novio.
Si queremos igualdad de género, que haya oportunidades iguales para ambos sexos, tendremos que hacer un esfuerzo a la medida, hombres y mujeres, y la verdad no creo que baste con cambiar una sola letra al final de cada palabra. Seamos más esforzados, más elegantes… y elegantas.