Las palabras cambian su significado de acuerdo con la situación del que las dice. Todos nos revolcamos en el río de Heráclito.
Hace poco mi computadora se apagó para no volver a prender. Sin importar todos mis intentos (que realmente no fueron muchos, fue algo así como presionar el botón de apagado durante un par de minutos, conectarla en otro lado… al cabo yo qué sé de computadoras) mi computadora había manifestado abruptamente sus deseos de descansar. O de entrar en coma. Recordé que tenía una garantía y me sentí aliviado. En ese momento la palabra “Garantía” se alzó como un faro a la distancia, una de esas precauciones que te hace sentir sabio y adulto. A la media hora, estaba con el teléfono entre la mano y la oreja. En esos momentos la palabra “garantía” se transformaba en una serie de groserías e imprecaciones hacia quien no tenía nada que ver: el tipo con el que estaba hablando y hacia su madre. Pues también el hombre era presa de una flojera tal que casi se traspasaba por el teléfono. Ofreció mandar a un técnico que resolvería mi problema y no se iría hasta que estuviera yo satisfecho (Sí, a veces los centros de garantía suenan a prostíbulo). Pero que dicho servicio no era ni barato ni estaba cubierto por la garantía, pero que de todos modos el problema que parecía tener, tampoco era cubierto por la garantía. Me enojé, me enojé mucho. En esos momentos mi definición de garantía lindaba con el de “costoso desperdicio” y ahora con el de “propuestas indecorosas”. Colgué el teléfono y marqué de nuevo. Después de un concierto de veinte minutos de Beethoven en MIDI, me contestó una muchacha muy amable. Lexpliqué lo que pasaba y con mucha paciencia me dijo: No señor, eso no lo cubre la garantía, lo siento mucho. Puede intentar comprando otro eliminador de corriente. Perdone, de veras no sé qué decirle.
Casi me puse a chillar. Un poco del coraje, de frustración y pues qué, estaba triste por mi computadora churida. Yo con un papel en la mano que decía: “Garantía” que en este momento portaba el significado de: “algo por lo que gasté a lo menso, que me ha hecho perder mi tiempo y que de seguro que ya me produjo un par de canas”. Tomé aire lentamente y exhalé. Me di tiempo para tranquilizarme. Tomé el teléfono y marqué al número. Después de escuchar "Para Elisa" de nuevo por un rato, me contestó otra señorita. Empezó a saludar pero antes de que terminara de decir “buenas tardes” pronuncié en voz muy firme, alta y clara: Mi computadora no enciende y la necesito. Tengo una garantía de un año que aún es válida, así que en este preciso momento me vas a dar las instrucciones de cómo enviarla y me la vas a arreglar, así tengas que mandarme tu computadora en reposición. Silencio. Cabe recalcar que por poquito le digo “así tengas que mandarme a una hermana en reposición”, así de enojado estaba.
Después de unos segundos, que parecieron eternos, escuché que la señorita comentaba algo con alguien (podría jurar que sespantó y le llamó al supervisor o algo). El caso es que su voz temblaba y me dijo: Sí señor, mándela a tal dirección y se la devolvemos en cinco días hábiles. Agradecí muy contento y después de tres días mi computadora ya estaba de regreso y ahora sí prendía.
Ahora cada que pienso en la palabra “garantía” escucho inmediatamente una voz que dice: “Úsese con la voz más amenazadora posible”.
