Lo hemos escuchado
muchas veces: “La intención es lo que cuenta”. Estoy de acuerdo con que sirve
como una especie de consuelo para cuando lo intentaste y fracasaste, está bien
decírselo a los niños cuando perdieron en un partido de fut o cuando no
pudieron ganar en el Mario Kart. Pero considero que, así como usar un chupón o
pañal, debería de tener edades o dolencias específicas. Por supuesto que la
intención cuenta, es el inicio, o digamos la motivación, pero es sólo punto de
partida y definitivamente no es LO que cuenta. Lo relevante es el resultado y
punto. Imagínese que el Barcelona acabara de perder cuatro a cero en una final
de algún torneo, y que en una entrevista posterior Messi declarara: “Es que mi
intención era meter muchos goles y jugar mejor de lo que jugué”. No me imagino
dicha declaración cambiando el resultado ni mucho menos.
Si la intención fuera
lo que cuenta, los marcadores no servirían de mucho ¿o sí? Ya me imagino qué
cómodo hubiera sido en la universidad llegar con el maestro: “Fíjese que quería
hacer la tarea, de veras quería, pero hubo situaciones (etílicas) que me lo
impidieron” o “Discúlpeme pero mi intención era sacar diez en ese examen, al
cual falté”. Eso de que la intención es
lo que cuenta nos da un argumento del que podemos echar mano cuando, en vez de
buscar al éxito, esperamos a la mediocridad. Cuando uno es perezoso sabe que su
mejor amigo va a ser un buen banco de excusas. Sólidas excusas, dichos y
chistes para justificar la falta de esfuerzo. Entre más drama se le ponga a la
excusa mejor, entre más chistoso sea mi argumento para ser un haragán, la gente
se enojará menos conmigo. Hay una
fórmula que usualmente funciona, ¿Quiere saber qué tan flojo es alguien? Mire
cuánto tiempo requiere para fraguar una excusa.
Un buen excusero sabe
que hay algunas son incomprobables como cuando el tránsito es el culpable de
todos los retrasos, los celulares están en silencio a cada rato. Otras no pasan
de moda y nos hacen parecer incluso nobles y responsables, tuviste que cuidar a
un familiar enfermo y por eso no tienes justificante. Ayudaste a un anciano a
cruzar la calle… y así van escalando y de repente se les mueren cinco abuelas
seguidas. La misma semana.
Además, así como el
aumento en el crimen hace que las bardas se vuelvan más altas, la
sobrepoblación de excuseros hace que las excusas se vuelvan más difíciles de
creer y que hacerse de una reputación de persona formal se vuelva casi
inasequible. Pero bueno, qué se le va a hacer. Mark Twain decía (parafraseándolo)
que quien no mentía no tenía qué recordar lo que decía. Yo pensaba cerrar esta
entrada con una frase así de ingeniosa pero la verdad es que se me acabó el
tiempo porque había mucho tránsito... y se murió mi gato… Cuatro veces.
