Dánae era hija de Acrisio, rey de Argos. Como en cualquier historia griega, un oráculo le dijo al rey que su nieto lo iba a matar. Entonces, sabiendo que su hija era bonita y que no le faltaban pretendientes, Acrisio decidió encerrarla en una torre.
El caso es que Dánae estaba encerrada junto con su virginidad, lejos del alcance de lujuriosos humanos que pudieran fabricar asesinos en su vientre. Sin embargo, eso no detuvo a Zeus, quien llegó una noche, convertido en lluvia de oro y así la embarazó. Ahora, que yo sepa el oro llovería porque está derretido, en cuyo caso quemaría a la pobre mujer, o llovería en forma de monedas sólidas que la podrían haber descalabrado, pero no se me ocurre cómo… bueno, no es la primera historia mitológica en la que un embarazo sospechoso sucede. En fin: No sé si Acrisio se haya creído la historia pero el caso es que igual los desterró a los dos, los puso en una cajita (es en serio) y los arrojó al mar. Madre e hijo llegaron a la isla de Séfiros, donde mandaba el rey Dictis.
Dictis los recibió y Perseo (el hijo que resultó de ese baño de… oro) creció en esa isla. Escuchaba los mitos del terrible monstruo Medusa. Es importante recalcar que en Séfiros, nadie sabía cómo lucía Medusa. Sólo sabían que era un monstruo temible y que incontables soldados aguerridos y experimentados iban a enfrentarse con dicho monstruo y que nadie jamás regresaba. Como ser bastardo en ese lugar y en ese entonces era un estigma como el de ser un ex presidiario, el joven tomaba cualquier trabajo disponible y al final se volvió marinero.
Dictis se enamoró de Dánae, y teniendo miedo de Perseo, que era un joven fuerte y que no veía con buenos ojos que cortejaran a su madre, quiso deshacerse de él. Las versiones varían pero la que me gusta dice que, por el día de su cumpleaños, el rey decidió que todos en el reino le tenían que ofrecer un gran regalo. Estipuló un mínimo, so pena de ser desterrado.
Sabiendo que Perseo era pobre, contaba con que sería desterrado invariablemente. Así que cuando los soldados ya habían subyugado a Perseo y lo arrastraban para llevárselo lejos de la isla, el joven tuvo una idea desesperada y por proteger a Dánae gritó al rey que le traería la cabeza de Medusa.
Dictis aceptó la oferta y lo dejó ir sin pensarlo mucho. Conociendo las leyendas acerca del monstruo, sabiendo que guerreros fieros desaparecían, un pobre marino no debería de representar ningún reto. Además que nadie sabía dónde encontrar al dichoso monstruo.
De hecho, ya en su viaje, Perseo estaba caminando por el desierto y su desesperación lo arrojó a las lágrimas. Se daba cuenta que no tenía oportunidad y que, más importante, no sabía lo que estaba haciendo. En eso, se apareció el gran Zeus. Le dijo: “Luke, digo, Perseo, yo soy tu padre” y Perseo dijo: “Oh qué bien”. De ahí los dioses le echaron una manita, Perseo encontró a Medusa, le cortó la cabeza y con esa misma cabeza mató a su abuelo y al ladino de Dictis que ya estaba a media boda con Dánae cuando el muchacho volvió. Pero el punto focal de esta historia, lo que quiero recalcar es el momento en el cual Perseo decidió ir a buscar a Medusa.
Ese momento en el que no sabía ni lo que estaba haciendo y que fue decisivo en su vida y que lo convirtió en una de las figuras principales de la mitología griega. Él no sabía que era hijo de un dios, él no sabía dónde encontrar a Medusa, tampoco sabía quel monstruo convertía a la gente en piedra de sólo mirarla, y tampoco sabía que los amigos de su papá le iban a ayudar. Ese fue el momento heroico de Perseo y eso es a lo que me refiero con el título de esta entrada.
Cuántas veces no queremos hacer algo y de repente ponemos una excusa en frente y cambiamos de idea: “Debería meterme a un gimnasio ya, para bajar estos kilos, pero mejor me espero a que sea principio de mes, ahorita para qué”, “Siempre he querido aprender a tocar la guitarra pero luego, cuando tenga tiempo”, “Quiero leer ese libro pero ahora he tenido mucho trabajo”. Tratamos a las metas como algo que requiere una especie de ceremonia introductoria, en vez de hacer las cosas de una vez, sin introducción, sin preludios, disponerse a construir lo que uno quiere, invertir tiempo de tu agenda para hacer lo que en verdad quieres hacer. Meterte al gimnasio desde hoy, empezar a tocar la guitarra, dedicar media hora al día al día para terminar el libro, llevártelo cada vez al baño. Saber que nunca sabes si vas a tener tiempo en el futuro o incluso la posibilidad, aventarse sin pensar en lo que puede salir mal y enfrentar a ese monstruo de la desidia o de las excusas prolíficas.
