Nunca he tenido mucha delicadeza. Lo más que puedo ofrecer es intentar no compartir mi opinión cuando no se me pide. Lo curioso se presenta cuando alguien te pide tu punto de vista acerca de algo. Con un poco de contexto, puedes imaginar lo que quiere escuchar la otra persona en cuanto te lanzó la pregunta. “¿Este traje me hace ver gordo?”, “¿Te gustó el regalo que te di?”, “No estuvo tan mal ¿verdad?” Claro que esperan que les digas la verdad, pero esperan que la verdad sea la respuesta que ellos quieren oír y tú sólo la digas como leyendo un libreto. Ahí es cuando la delicadeza entra en la ecuación. Hay gente rápida, encantadora e ingeniosa que puede salir de estas situaciones con una gracia magistral y ni siquiera tienen que mentir. Yo no puedo.
Cuando alguien me pregunta una opinión considero una falta más grave el mentirles, que el decirles una verdad que ellos no quieren escuchar. Pues si alguien me preguntara si le va bien su atuendo y no le fuera bien, si digo: “Se te ve precioso” estaría mandando a esta persona a hacer un ridículo más grande que si fuera honrado y le dijera: “No, la verdad no se ve bien”. Considero que es como si el tipo que te prepara para saltar en el paracaídas no hiciera un buen trabajo sólo para que no te ofendieras.
Hasta ahí todo bien, uno pierde algunos amigos y ya. Donde se complica el nudo es en el momento que se me ocurre una respuesta no del todo amable, ya sean sarcasmos o la intención de puntualizar más allá de la pregunta. Cuando se me ocurren cosas como: “No, no diría que es el vestido sino tus hábitos alimentarios y la falta de ejercicio lo que te hace ver gorda” o “¿En serio pagaste por ese tatuaje?” O “Pues si fuera tu mamá, no pegaba ese dibujo en el refri”.
Me costó mucho trabajo el poder codificar que las personas nunca quieren que seas verdaderamente franco, la mayoría al menos: va a haber personas que sestén enojando al leer esto y estén diciendo: “Yo sí acepto la crítica constructiva, yo sí me aguanto los comentarios” pues bien por ustedes, pero hablamos de otras personas entonces. El truco está, según lo entiendo, en deducir lo que el otro quiere escuchar de tu parte, y si de plano la respuesta va por otro lado, pensar en qué es lo que el otro de plano no quiere escuchar, esquivar eso a toda costa y tratar de responder amablemente proponiendo otro cambio, o desacreditar tu opinión para que no se sienta ofendido.
Por ejemplo, digamos que alguien te pregunta: “¿Se me ve bien este vestido?” Y la verdad es que la hace parecer un tamal mal amarrado, uno puede verlo y pensar: “Creo que te favorecería más otro modelo, como este porque (jamás decir algo como que es una talla más grande) el corte de nosequé y quién sabe... Pero no sé, no soy ningún experto”. En fin, la gente quiere que seas franco, pero cuando lo eres con ellos, eres un cretino. Tan fácil sería: “¿Me veo gordo con este traje?” “Sí” “Ah, gracias, casi me voy a la fiesta con él”.
Hasta la fecha me conturba cuando alguien me pide mi opinión en algo, porque nunca se me ocurren cosas amables para desviar la conversación, pero sí respuestas un poco agresivas. Creo que todo está en la gracia y encanto. Cuando una de esas personas, con gracia y encanto, te manda al diablo, hasta te vas de buenas.
