Me gusta mucho dibujar. No recuerdo una etapa de mi vida en que no tuviera un lápiz, una pluma, papel revolución, tickets de compra, paredes… me tiraba al suelo de mi casa por horas nada más a dibujar. Copiaba cosas, inventaba animales, si así como me gusta dibujar me hubiera gustado la medicina, las leyes o la física, tendría ahora un trabajo distinto y nadie estaría leyendo esto, supongo. Por lo que sea, cuando te la pasas dibujando, todo el mundo se da cuenta que te gusta dibujar y nunca faltan las personas que te piden que les hagas una caricatura. Conforme vas creciendo te das cuenta que eso es una trampa. Te das cuenta que las caricaturas buenas se hacen sin el consentimiento del que es dibujado.
Por ejemplo, una vez trabajé en el puesto de publicidad de cierta compañía y tenía que dibujar unas cuatro caricaturas por hora. Por la naturaleza del trabajo, había que ser muy educado con el que se sentara en frente tuyo y pusiera su cara para que se plasmara en la pantalla. Pues uno nunca sabe de las sensibilidades de las personas. Tuve que dibujar tantísima gente que no tengo recuerdos de todos, pero algunos se quedan en tu memoria por la razón que sea. Un buen día era el que podía hacer tres dibujos sin ninguna queja, pero era una ocasión sumamente esporádica.
Una vez llegó un señor y cuando terminé de dibujarlo dijo: “No me parezco”. Ahora, mi orgullo como dibujante sufrió un golpe, pero cuando pasó el coraje repentino vi su caricatura y dije: “Caray, no se parece”. Así que asentí, volví a tomar asiento y lo dibujé de nuevo. Tampoco se parecía.
Lo dibujé unas cinco veces sin éxito y el señor se fue. No se quejó ni me increpó ni nada. Era la persona más anodina que he visto, y creo que yo acabé más triste que él. Pues jamás pude resolver su cara como quisiera.
Una señora me elogió y se fue contentísima con su caricatura, eso me devolvió un poco la moral.
En particular recuerdo a una muchacha que, al ver que dibujaba el contorno de su rostro me pidió: ¿Podrías hacerme un poco más delgada?
-Claro que sí.
Más delgada, listo. Después de eso, solicitó que la adelgazara aún más, y más y más. Acto seguido había que cambiarle su color de piel porque ella no quería salir “demasiado morena”. Sus ojos, los tuve que dibujar azules porque en realidad eran cafés y la señora los quería como de alemana o qué sé yo. Además quiso probar un corte de pelo nuevo y, ya que estaba en esto, había que cambiarla a ser rubia porque ya encarrerado el ratón ¿no? Al final se levantó indignadísima: “No me parezco”. Ahora, estaba yo trabajando, es decir, tenía que ser indulgente y educado, así que sólo levanté los hombros y dije: “Lo siento, no soy bueno en ésto”. Ahora, cuando dije “ésto” me refería a tratar con gente oligofrénica con un déficit tan notable de autoestima, que le estorbara a la sinapsis.
