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martes, 3 de mayo de 2016

Música



Me gusta la música. Voy a todos los conciertos que puedo, le doy de zarpazos a la guitarra de vez en cuando y canto en la regadera.  Es una pena que tenga un oído musical tan espantoso. Más que nada, supongo, que me concentré en las letras de las canciones y eso hacía que desatendiera la música por completo. Mi mamá puso mucho énfasis en esa parte de mi educación, cada que subíamos a su carro nos decía (a mi hermana y a mí) que escucháramos la letra, que tratáramos de distinguir de qué hablaba. Podía ser una carta, contar una historia, etcétera, etcétera, etcétera. Era una situación a veces agobiante porque en cuanto la canción terminaba nos preguntaba un montón de cosas y yo sentía que iba a tener un examen cada que entrara en ese automóvil. Los exámenes terminaron cuando mi madre mescuchó llorando después de que pasara “Callejero” de Alberto Cortez.
En fin, esta particularidad hizo que prestara mucha más atención a la letra que a las notas y el hecho de que nunca he estudiado música, pues no ayuda.  Eso de poner atención a la letra también me afecto en un punto muy importante: Ahora odio el reguetón (sí, no sé cómo sescribe y su ortografía precisa no me interesa mucho que digamos.) No he tenido la oportunidad de escuchar una sola canción del género que no hable de sexo y denigre a la mujer, una sola. Parece ser que lo único que necesitas para hacer una de esas composiciones es un generador de bajos, un tono agresivo como si gritaras todo el tiempo, evidente misoginia y gritar alguna incoherencia como una letra del alfabeto o el nombre de algún personaje de caricaturas.
La otra cosa es que considero que, si tomas la letra de otras canciones, puedes encontrar cosas bonitas que decirle a tu pareja o incluso para cortejar a una muchacha que no conoces. Me veo diciendo: “Muy buenas noches señorita sepa disculparme usted, la contemplaba desde el otro extremo del elegante salón, después de haber luchado un poco con mi enorme timidez junté valor y pongo esto a su consideración”
Antes que ir diciendo: “Oye ¿y a ti te gusta la gasolina?” con el mismo objetivo. Pero quién sabe. En gustos se rompen géneros, dicen.