Me gusta la música.
Voy a todos los conciertos que puedo, le doy de zarpazos a la guitarra de vez
en cuando y canto en la regadera. Es una
pena que tenga un oído musical tan espantoso. Más que nada, supongo, que me
concentré en las letras de las canciones y eso hacía que desatendiera la música
por completo. Mi mamá puso mucho énfasis en esa parte de mi educación, cada que
subíamos a su carro nos decía (a mi hermana y a mí) que escucháramos la letra,
que tratáramos de distinguir de qué hablaba. Podía ser una carta, contar una
historia, etcétera, etcétera, etcétera. Era una situación a veces agobiante
porque en cuanto la canción terminaba nos preguntaba un montón de cosas y yo
sentía que iba a tener un examen cada que entrara en ese automóvil. Los
exámenes terminaron cuando mi madre mescuchó llorando después de que pasara “Callejero”
de Alberto Cortez.
En fin, esta
particularidad hizo que prestara mucha más atención a la letra que a las notas
y el hecho de que nunca he estudiado música, pues no ayuda. Eso de poner atención a la letra también me
afecto en un punto muy importante: Ahora odio el reguetón (sí, no sé cómo
sescribe y su ortografía precisa no me interesa mucho que digamos.) No he
tenido la oportunidad de escuchar una sola canción del género que no hable de
sexo y denigre a la mujer, una sola. Parece ser que lo único que necesitas para
hacer una de esas composiciones es un generador de bajos, un tono agresivo como
si gritaras todo el tiempo, evidente misoginia y gritar alguna incoherencia
como una letra del alfabeto o el nombre de algún personaje de caricaturas.
La otra cosa es que
considero que, si tomas la letra de otras canciones, puedes encontrar cosas
bonitas que decirle a tu pareja o incluso para cortejar a una muchacha que no
conoces. Me veo diciendo: “Muy buenas noches señorita sepa disculparme usted, la
contemplaba desde el otro extremo del elegante salón, después de haber luchado
un poco con mi enorme timidez junté valor y pongo esto a su consideración”
