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martes, 31 de mayo de 2016

Dormir

Decía mi madre que, en estos tiempos, el único momento verdaderamente heroico que podemos tener, es levantarnos. Ver la hora, aceptarla tal cual es y salir de la cama sin tener que decir “cinco minutos más” ochenta veces.
Se vuelve un poco más difícil cuando tu mente se pone a trabajar en lo que no debería, y en vez de concentrarse en alicientes para sacar tu cabeza de las almohadas te arroja razones por las que deberías quedarte dormido para siempre. Ejemplo: por más que te guste tu trabajo, no piensas “Uy qué bontio, hoy trabajo, a ganarse el pan blablablá”, sino que la pereza toma el control y empieza a decirte: “Híjole, ahorita te levantas y ¿Para qué? Para arrostrar al metro y sus cuatrocientas axilas”.
La flojera está en la mente. Es un efecto secundario de nuestra capacidad de planeación, supongo. Pienso en ello como en un mecanismo tan molesto como fascinante: la pereza es uno mismo, convenciéndose de no mejorar la condición propia. Por eso y otras cosas, estoy seguro de que pensar mucho no te vuelve más inteligente. En fin, recuerdo que cuando era niño, trataba de convencer a mi mamá de que me dejara dormir hasta que buenamente me despertara yo solito y sin ayuda de nadie, a las doce o a la una de la tarde, seguramente.  Envidiaba a mi padre, que se levantaba todos los días antes de las seis de la mañana y lo hacía parecer tan fácil. Recuerdo que pensaba que de seguro le era sencillo y que no hacía esfuerzos en absoluto para estar listo. Como si a las cinco y media, sus ojos se abrieran y surgiera heroicamente de la cama para empezar el día.
Ahora que me toca ajustar mi despertador a una hora parecida, cuando alguien me pregunta ¿Cómo le haces! Respondo un sencillo: “Si llego tarde, me corren”.


En resumen: la flojera es una trampa puesta por nosotros mismos, la motivación lo es todo y si existe un dios, cuánto le agradezco quexista el café.