Mi cuento favorito
acerca de la felicidad, es ese en el que dice que los dioses sestaban poniendo
de acuerdo en cuanto a dónde esconder tan preciado tesoro. Después de proponer
que se escondiera en la montaña más alta, o en el mar más profundo, o en el metro
Pino Suárez a la hora pico, el más sabio de los dioses sugirió: ¿Por qué no la
escondemos en el interior de cada ser humano? Muy pocos la van a encontrar pues
van a estar muy ocupados buscándola en las montañas, en los mares…
Para aclarar pronto:
No estoy escribiendo la receta para ser feliz ni mucho menos. Tan solo me
parece que la felicidad es un concepto utópico. Se ubica en el país de las
cosas perfectas y ese lugar da menos visas que Estados Unidos, o que México.
Antes de que se me tache de amargado, quisiera agregar que la felicidad carece
de una definición fija. Es como el amor, todo el mundo parece saber qué es,
pero todos eligen distintas colecciones de palabras cuando de explicarlo se
trata.
Para empezar, siempre
he escuchado a los mayores decir que cómo les gustaría volver a ser jóvenes, la
época en la que “no se preocupaban por nada” y en la que no tenían que pagar su
renta o sus impuestos, alimentar al chamaco, ustedes nombren. Volver a cuando
eran felices. ¿En serio, no se preocupaban por nada? Me cuesta trabajo pensar
eso pues yo no recuerdo una época de mi vida en la que nada me preocupara.
Porque la preocupación (salvo en algunas excepciones) viene con la razón, uno
sabe que existe el peligro en su mundo, en cualquiera que este mundo sea, y la
preocupación es grande, sin importar las dimensiones del peligro. Los que hoy
son adultos, cuando niños, empezaron a conocer las situaciones, en algún
momento notaron que unas de esas situaciones se repetían y desarrollaron cierta
capacidad de planeación. Se les enseñó a hacerle caso a su madre, a su padre, a
su abuela, a lo que fuera el equivalente del Ipad en ese entonces, y
aprendieron que de no hacerlo habría consecuencias. Empezaron a sentir miedo
hacia esas consecuencias. Ahora bien, parece una nimiedad para el adulto, ese
tipo de amenaza, pero un adulto tiene muchas más referencias que un niño. Para
un niño un “Le voy a decir a tu papá que te portaste mal” puede ser tan
aterrador, como el riesgo de perder la casa lo es para un adulto.
Lo que digo no es que
no tengamos la capacidad de ser felices. Lo que estoy diciendo es que, si
aspiramos a la felicidad, al menos deberíamos tener una definición constante y
coherente de lo que significa ese concepto. Estanislao Zuleta tiene un
bellísimo ensayo titulado: El elogio a la dificultad, que habla de este tema (Aquí está el enlace).
Para complicar el
asunto, al hombre se le da subestimar las cosas y el darlo todo por sentado.
Vivimos siempre con el ojo en el futuro o en el pasado, preocupándonos porque
alguien tiene más que nosotros, pensando que siempre podemos estar mejor. Nos
gusta situar a las versiones felices de nosotros mismos en otra sílaba del
tiempo. Proyecciones en las que somos ricos y poderosos y sin preocupaciones en
lo absoluto, quiero llegar al éxito sin tener que pasar por todo el esfuerzo.
Hoy en día estoy convencido de que, si existe un camino para llegar a la
felicidad, está relacionado con la disciplina. Con el fruto de un esfuerzo
arduo, pesado y por supuesto, propio. La tragedia de Sísifo no está en empujar
la piedra, sino en nunca poderla ver en la cima. Como dijo Nóbel: “La
satisfacción es la única riqueza verdadera”.
