Estaba en el camión. De pie, claro está, y sujetando el tubo que recorre el autobús, justo en frente de la puerta, encima de esta había un letrero impreso y pegado con cinta adhesiva que decía: “baje solamente en alto total”.
Esto es lo que me ha dejado más perplejo en los últimos días. Es un letrero que da una orden inasequible: en toda mi vida jamás he visto a un camión en el DF hacer alto total. Al punto de haber pensado que era imposible. Cada vez que me subo a uno de estos portentos del transporte público, el que se llama “ruta” en Cuernavaca, pecero en el DF, creo que Guagua en Puerto rico, es lo más cercano que he estado de ser un doble de riesgo o un superhéroe. Después de hacer la señal (que no por casualidad parece questás a punto de persignarte) usas el impulso de ese movimiento que llevó tu mano al cielo, para sujetar uno de los barandales que hay en el escalón del camión, que, en espera de tu llegada, reduce su velocidad dramáticamente, al punto de ir lo suficientemente despacio como para que pueda uno encaramarse, pero jamás haciendo alto total.
Otra cosa, el chofer ni te mira. No reconoce tu presencia como cliente ni como ser humano. Creo que nunca le he visto los ojos a un rutero (o microbusero o conductor o como quieran llamarle.) Es decir, este hombre, recoge quiensabecuánta gente en el día, experiencia tras la cual, está seguro de ya tenernos bien medidos a todos, y nos da un umbral de unos tres segundos para que sujetemos los barandales de las escaleritas y subamos como si fuera pasamanos para incorporarnos el piso de este recinto, cenáculo de gente acalorada, y digamos a viva voz a dónde vamos y así sepa cuánto va a cobrar.
Ya que se sobrevivió al abordaje (proeza nada ninguneable, si lo hace usted a menudo, por favor apláudase) y que se pagó el pasaje, queda el juego de tetris humano. Se convierte uno en un muégano buscando lugar entre otros muéganos y viene un reto más: tratar de desdeñar las cumbias y la música de boda, (que suena más claro que cualquier concierto en el Palacio de los deportes) y moverse entre la gente para tratar de ver algo por las ventanas y cuando sea la salida, hay que serpentear hasta la puerta más cercana y gritar: ¡BAJAN! Porque el timbre nunca funciona, claro. De nuevo el señor Rutero no voltea a ver, reduce su velocidad, y cuando uno ve que las cosas ya no se mueven tan rápido, sabe que se dispone de unos tres segundos para brincar, incorporarse en el suelo y rogar que no haya un árbol que haya pasado desapercibido.
Las imágenes religiosas abundan dentro de los camiones, ahora me inclino a pensar que son más para los pasajeros que para los conductores. Un truco que me enseñó una señora fue siempre poner una cara de indiferencia, como si no te importara nada “Los microbuseros huelen el miedo, joven” me dijo. Me queda otra pregunta, si se les puede decir ruteros porque conducen una ruta, y microbuseros porque conducen un microbús, ¿Habrá gente que les diga pecereros?
En fin, todo esto por el letrero que me encontré en mi viaje de hoy y que me dieron ganas de despegar, de hacer otro y de pegarlo en frente del chofer para que lo lea en voz alta: “Por favor haga alto total”, digo, tal vez no se le haya ocurrido.
